viernes, 9 de enero de 2015

Las Sagradas Escrituras

Daba vueltas en torno a la cama de la habitación del hotel. No podía quedarse quieto, tenía que acompañar a su mente lejos de aquellas preguntas que le emboscaban. ¿Qué pensaba hacer? ¿Qué podía hacer siquiera? Se palpó los bolsillos de su pasado: no tenía respuestas. En cuanto dejó de andar le fallaron las piernas y se derrumbó sobre el borde de la cama. Era ya casi de noche y la habitación estaba en penumbra. De nuevo escuchó las preguntas cabalgando detrás de él. Se llevó las manos a la cara e interrogó a la moqueta. ¿Quién le ayudaría en una situación así? ¿a quién podía acudir? Poco después comenzó a llorar, a quebrarse. A través de la ventana, en la fachada opuesta, una señora en bata regaba distraída unas macetas.

Erguido sobre la cama, sonándose la nariz sin éxito, puso la vista sobre la mesita de noche y entonces recordó aquella vieja costumbre hotelera. ¿Pudiera ser? se acercó casi en trance. Era de madera oscura, con una lamparita de luz ténue y dorada, y un estrecho cajón debajo. Tiró del diminuto pomo y hundió la mano en la oscuridad. Su corazón la reconoció antes que sus dedos, que siguieron palpándola incrédulos. Conforme la fue sacando del cajón se iluminó la portada. Se quedó mirándola como otras tantas veces, y pronto sintió en su nuca la brisa de la costumbre disipando el hedor de sus dudas. En aquella habitación desconocida, surcada de vacíos, aquel libro era un regreso al hogar, al sentido, al camino.

Se volvió a sentar sobre la cama con las mejillas húmedas, las finas páginas de papel de biblia acariciándole los dedos, la señora regando. Llegó al principio y comenzó a leer: 

“DON JUAN CARLOS I, REY DE ESPAÑA, A TODOS LOS QUE LA PRESENTE VIEREN Y ENTENDIEREN, SABED: QUE LAS CORTES HAN APROBADO Y EL PUEBLO ESPAÑOL RATIFICADO LA SIGUIENTE CONSTITUCIÓN:”

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