Una historia cuenta que hay un hombre que cae al vacío. Cae desde mucha altura contra el suelo, hacia una muerte segura. Y mientras cae dice: "hasta aquí todo va bien". Lo que no se suele contar es que al lado de ese hombre que cae al vacío, hay otro hombre que también cae al vacío: un español. Y mientras ambos caen, el español dice: "bueno sí, caemos al vacío, pero al menos no caemos en el radicalismo".
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Lo que hace falta es
un hombre de estado.
Un hombre de estado,
progresista, moderado;
republicano, felipista;
de la patronal, y de UGT.
Un hombre decente,
católico, que no creyente,
demócrata, no practicante,
con amigos gays.
Un padre abnegado,
aclamado, por sus suegros,
enamorado, de su esposa,
casado con el país entero,
feminista, y algo putero.
Un hombre de extremo centro
radicalmente sensato,
que cuando haga frío
acuse al invierno de desleal.
Un hombre de estado,
paloma de la paz social,
que incube pelotas de goma.
Alquien que llame a Rafa Nadal y diga,
"Chico nos tienes ilusionados"
"Perdón, ¿quién llama?"
"¡Pues España quién va a ser!"
Alguien con los cuadros de casa colgados, en el marco constitucional,
amante de los ríos, que siguen cauces legales,
que viaja en tren, si éste va por la vía del diálogo,
y que va al baño, por consenso.
En definitiva:
el sentido común con menos imputados,
alguien por encima de las ideologías, de los demás,
alguien por encima de los partidos, de la oposición,
alguien que huela a Varon Dandy y a cohesión.
Un hombre de estado,
que ante cualquier bifurcación,
tome siempre el precipicio más transitado.
Alguien, que sepa dirigir la transición
hacia un fraternal callejón sin salida,
y rocíe de betadine las cuentas
para no reabrir heridas.
Un políglota de estado,
que salude en vasco y catalán,
pida permiso en inglés y alemán,
sonría en suizo y entienda sólo
el cristiano.
Un superhombre de estado,
hecho con trozos de tertuliano,
que hable por telepatía
con la mayoría silenciosa.
Un hombre de estado,
que sienta el desempleo como un ojo morado,
y si un mercado financiero le pregunta "¿estás bien?"
diga "Nada, es que me he tropezado."
Un hombre de estado
para un estado sin hombres ni mujeres,
¡un estado limpio y ordenado!
que huela a desinfectante por las mañanas,
¡un estado sólido!
¡sólido como una piedra!
¡como una estatua!
¡una estatua que sabe lo que hace!
¡una estatua de Adolfo Suarez!
(¡viva!)
En conclusión,
un hombre santo de estado,
que al caer al vacío,
y reventarse contra el suelo,
resulta que lo ha urbanizado.
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