miércoles, 8 de julio de 2015

El cambio

Fue cuatro años después, cierto domingo nublado, cuando se hizo evidente que algo se había apagado en la mente de los vecinos. Simplemente, se volvieron cerriles. Perdieron toda capacidad racional, toda sombra de sentido común y empezaron a beber a morro. Pronto tuvieron dificultades para hilar una frase entera. La propia lengua les resultaba odiosa: fomentaban los dientes. Un mordisco significaba orgullo. Dos, envidia. Así pasaron otros cuatro años.

Muchos babeaban, otros se orinaban encima mirando al infinito. ¿Pero qué podían hacer ellos para disipar las nubes de la historia? Chocaban sus cabezas huecas y admiraban asustados el vuelo de los aviones. Un pobre infeliz mordisqueaba su zapato, mientras a su lado otro se ungía en estiércol y alababa el liberalismo. ¡Fueron tiempos oscuros! Llenos de calamidades... pero sucedió que cuatro años después llegó el cambio.

¡Ah, qué diferencia! ¡Qué nuevo y glorioso día de la creación! Los vecinos comenzaron a caminar erguidos y a desconfiar de los malos olores. Las mentes se abarrotaron como una piscina pública en verano. Los perros se paseaban solos, y todos brindaban y se abrazaban porque por fin, el cambio, el dichoso cambio tan escurridizo como una anguila, estaba servido sobre la mesa. Y hubo gran regocijo. Y todos comieron cambio, y durmieron la siesta de los justos. Cuatro años después,

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