Todavía hoy sigue bajándose con dificultad una de sus medias color carne, recorre su pierna como un mapa arrugado, señala una variz tortuosa y dice “mira, el Guadalquivir”.
A quienes ya no son maridos ni mujeres, se les declara exmaridos, o ex-mujeres. Pero a los expresidentes a veces se les llama presidentes, por cortesía, y porque un presidente realmente nunca deja de serlo. Siempre preside un poco, por el rabillo del corazón. Ve la patria como su ahijada (¿acaso no la crió él?), y se pone maternal. Quisiera llamarla por teléfono, preguntarle “¿cómo estás?” e invitarla el domingo a comer.
Porque la vejez nos encierra a todos. Las abuelitas presidentes se aburren, tan solas en sus residencias. Sentadas al fondo del consejo, oyen la radio y remiendan pantalones. Y cuando tienen ocasión hablan, aunque su conversación es ya garabateo de tres historias. Hablan y dicen “yo hice esto o aquello” y parece que las propias abuelitas, tan frágiles, colocaron cada ladrillo de aquel hospital y recibieron cada bala de aquella derrota. Entonces se avivan y gesticulan con las manos. Manos callosas e hinchadas de firmar leyes, manos tostadas y cuarteadas por los flashes, manos manchadas de lejía, de lavar trapos.
Cuando su familia viene de visita con los niños, la abuelita presidente reparte indultos de miel y café que guarda celosamente en el bolsillo de su chaqueta de boatiné. Hace carantoñas a los más pequeños, que se asustan y lloran. Nunca se quedan mucho. A todos les da mucha pena, la abuelita presidente.
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