Hace más de un siglo que Valencia derribó sus murallas, y para las almenas que aun quedan en pie hay horario de visita. Hoy la ciudad se defiende atacando. Tan soberbia y deslenguada, cuenta que un día, con hambre de barrios, se desabrochó el cinturón. Desde entonces se ha tragado pueblos sin masticar, se ha bebido un cauce, y ha crecido burbujeante una mancha de aceite que sofríe el suelo a su paso y lo dora. Para su gusto o disgusto, nunca se sacia. Come todo lo que le dan. Y comiendo a veces pasa que se detiene un instante, se lleva la mano al pecho, y eructa personas.
Un sábado frío mañanea en el descampado del Clot. El gueto duerme. El viento marino llega saltando la primera línea de playa, y hace de cada palada una nube de polvo. Por debajo de los escombros aflora una calle empedrada de otro tiempo y otro barrio. En los bloques una cabeza se asoma por una ventana del primer piso: “amigo, ¿qué vais a hacer aquí?”. Cinco gitanos se acercan a la acera. Hace rato que sus hijos corretean por el descampado, con escobas y rastrillos más grandes que ellos. “Cuidado con ese que es el peor criminal del barrio” dice Tomás, y al final de su dedo se encuentra un niño de pelo castaño. Se nos acerca otro corriendo, Edu, y en su mano morena diminuta sucia trae una pelota de tenis amarillísima. En silencio nos la enseña, como se enseñan los tesoros.
Sucede que junto al descampado hay un polideportivo. Sus cuatro pistas de tenis y sus dos pistas de pádel están rodeadas por un muro de media altura con una valla metálica encima. La parte de la valla que da al descampado está, a su vez, cubierta por una malla verde para jardines. Si te acercas y te asomas por encima del muro, allí donde la malla no está bien sujeta, a través de las aspilleras puedes ver niñas rubias de la edad de Edu jugar a tenis. Así ocurre que de vez en cuando las pelotas fosforescentes se aparecen en el descampado como milagros; y nadie las reclama, porque entiende que deben haber caído a un lugar lejano, extramuros, durante siete días y siete noches.
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